De esos días en los que te quieres rendir, en los que los hombros
aflojan, las piernas tiemblan y sientes que te vas a caer. En los que ya ni
siquiera te preocupa lo que la caída implica, los golpes, las cosas que puedes
romper, que te saldrá un horrible y verde moretón en la pierna y que romperías
la ilusión de todos los que te voltean a ver hacia arriba.
Y te vale madre. Piensas en todo lo que estás logrando, te echas
porras, te das cuenta de lo lejos que has llegado y lo poco que te falta por
alcanzar algunas de tus más importantes metas; y sin embargo te vale madre. Días
en los que te gustaría todo se resolviera por sí mismo, en los que lo único que
quieres es dormir, ni si quiera se te antoja un chocolate, tan sólo quieres
dormir y que el mundo gire sin tu impulso, sin la fuerza con que te aferras a
él y a las cosas que te invitan a seguir girando, caminando, corriendo…
De esos días en los que te das cuenta de lo cansada que estás, en
los que envidias a todos aquellos que la han tenido más fácil, y al mismo
tiempo te enorgulleces de saber que has llegado más lejos y por tus propios
méritos. De esos días en que te da coraje el darte cuenta que sonríes menos y
te quejas más, que el espejo demuestra te has convertido en una persona que no
reconoces. Acércate, mira esos ojos negros que se derrumban por el peso de un
alma cansada, que están a punto de dejarse llevar por el hastío. Querer decirlo
todo, llorarlo todo, gritarlo todo! Querer abandonarlo todo y tan sólo
dedicarme a aquello que me hace feliz, si es que pudiera descubrirlo, deja tu
descubrirlo… valorarlo! No quiero dejar de ser yo, no quiero perder eso que es
lo que se supone que me hace ser yo, no quiero dejar de brillar, de hablar a
mil por hora, de cantar, de vaciar mi mente, de disfrutar las nubes en el
cielo, de saborear un café y no sólo esperar que me despierte, de recostarme en
el pasto a pensar, de emocionarme en clases, de tener proyectos, de elaborar
planes y cumplirlos, de ser proactiva, de ser intensa, de querer hacer cosas,
no quiero dejar de querer todo lo que quiero y dar todo lo que puedo por
obtenerlo. No quiero convertirme en esto, en apatía, hast ío y quejas 24/7. No quiero ser una lágrima y tampoco sonrisa, tan
sólo quisiera encontrar el punto medio, pensar menos y caminar más, no irme
chueca en el camino, no dudar, no preocuparme por todo aquello que no puedo
controlar.
De esos días en que sabes perfectamente que con todo puedes, que
aunque suene pedante el potencial lo tienes, y no tiene nada de malo el ser
pedante de vez en cuando, aceptación de quien eres y un pequeño impulso al ego,
o grande. Modestia inútil que evoca a todo lo que siempre supiste que podías
ser y no fuiste porque el reconocimiento público jamás fue lo tuyo, ¿o sí?. Conocer
perfectamente tus aptitudes y habilidades, tus áreas fuertes y sin embargo no
explotarlas por no saber cómo canalizar. Y al mismo tiempo de todos los halagos
personales la otra voz dentro de ti te convence que a pesar de comprender y
racionalizar acerca de todo lo que estás dispuesta a hacer, todo lo que has
hecho, no es suficiente simple y sencillamente porque no es lo que quieres. Esos
días en los que simplemente ya no quieres, en que lo que haces ha perdido
sentido, su significación va más allá de lo que implica en tu vida y se orienta
hacia un diario navegar por el mundo como en piloto automático. De esos días en
los que quieres apagarle el switch a ese motor que te impulsa pero no te genera
nada, el tiempo pasa, todo pasa y sigues igual.
Saber que es tan sólo un día, de esos que son necesarios un par de
veces al año y ya. Al día siguiente te levantas y sigues adelante como si nada
hubiera pasado, sabes que es lo que debes hacer y lo haces. Sin embargo en el
fondo sabes que no es lo que quieres, sabes que lo que quieres es la meta que
está al final más no el sinuoso camino que lleva hacia ella. Sacrificio,
madurez, responsabilidad y ganas de que esto acabe pronto. Pero, ¿quién me
regresa el tiempo que invertí, lo que no viví y lo que aprendí a vivir? El resultado
lo vale, el crecimiento personal, desarrollo profesional, incursión en el mundo
laboral, académico, emocional, espiritual… sea lo que sea que diga el sermón
motivacional que susurra mi propia cabeza hoy me vale madre. Hoy quiero que
todo me sea fácil. No, no es cierto. Hoy quiero querer eso, no por siempre, sólo
hoy.