martes, 30 de octubre de 2012

Ejercicio 1. Apuntes de mí


Ana, fluorescente todo el tiempo, luchando por destacar, no caer en el abismo de la cotidianidad. Siempre en búsqueda de sí misma, de la esencia que se oculta tras una gruesa capa de pecas, ideas y conflictos que le han moldeado el espíritu.

Cursi y burbujeante al extremo, al punto que se puede llegar a asumir que se trata de alguien superfluo. Uno no debe dejarse llevar por esa noción que se obtiene de la observación momentánea. Debajo de todo esto yace la intimidad de una persona efímera, que cambia a cada instante como esa servilleta que aunque recibes en blanco, al final de la merienda es capaz de contar una historia en sí misma; partiendo del honesto punto de vista de la memoria empírica.

Con una filosofía de vida en constante construcción, Ana flota sobre la realidad como si lo hiciera con un vehículo etéreo y mágico que permitiese apreciar las cosas desde fuera. Siempre, siempre pensando. Buscando conexiones, la relación que existe entre un pedazo de caucho, el heno y la arena del mar, ¿Existe? Habrá que crearla. Pertenencia ilusoria en muchos sitios a la vez, pero sobre todo en ella misma.

Cabe confesar, a veces la abruma el hastío, esa limitante de la naturaleza humana de ver más allá del hoy. Instantes de desesperación que la orillan a una obligada recapitulación del ser. Anhelo por encontrar la belleza en la complejidad de cada instante.

martes, 23 de octubre de 2012

Anhelo


Fifi estaba harta. Día y noche se preguntaba a sí misma por qué es que le había tocado la mala suerte de haber nacido siendo una horrible y sucia cucaracha. Ella, tan lista, educada y elegante no sentía pertenecer a esa carcaza. Cada noche antes de dormir imaginaba su vida como una persona, deseaba con toda su alma convertirse en humana, demostrarle al mundo de todo lo que era capaz. A ella le gusta el diseño, esa esquinita debajo del refrigerador era su pequeño hogar, que poco a poco había ido decorando con tesoros recolectados de toda la casa. Retazos de los vestidos de muñecas de las niñas cumplían la función de cortinas, unas perlas adornaban el techo y todas las mañanas salía al jardín a recolectar flores amarillas para alegrar su pequeña morada. ¡Pero qué cosa tan más absurda! Una cucaracha diseñadora, bah. Se convencía a sí misma de que eran tan solo sueños, ideas que nunca llegarían a realizarse. Y así vivía su vida, no como una cucaracha, de hecho le  repugnaban todas las acciones características de su especie. Le daba asco la basura y nunca comió nada proveniente del suelo pues estaba convencida que las bacterias le hacían daño a su estómago. Contrario a lo que uno podría suponer, Fifi se bañaba a diario y no salía a pasear sin antes perfurmarse y colocar un coqueto moño en su cabeza. Dedicaba sus tardes a escabullirse en la alcoba de las niñas para husmear en sus libros del colegio, siempre quiso ir con ellas; un día casi lo logra al esconderse en la mochila pero al momento de salir de la casa para subir al coche ésta cayó al piso dejando a Fifi desamparada y tratando de huir de enormes suelas de zapatos que amenazaban con pisarla. Total que nunca llegó a asistir a una clase así que tuvo que limitarse con los garabatos en los cuadernos de las niñas. Así fue que conoció el mundo, sabe de las civilizaciones antiguas, de ciencia y de números. Le apasiona la historia, sobre todo el arte. Ella se ve a sí misma como una artista frustrada, con tanto qué decir pero sin los medios para hacerlo.

Sueños, tan sólo eso tiene esta pequeña cucaracha, sueños y según su única amiga, delirios de grandeza. Su nombre es Ruth, otra cucaracha que vive cerca de Fifi; pero a diferencia de ella, Ruth no aspira ser nada más que lo que es. Asume su identidad de insecto y está conforme con ello. Todo el tiempo le dice a Fifi que no sueñe, que mejor viva su realidad.

 –“Eres una cucaracha niña, el día que te des cuenta serás feliz”

Pero Fifi no piensa limitarse a ser una simple cucaracha, un bicho que todos repelen y que es considerada plaga doméstica, ella vino para ser algo más y lo va a conseguir.

Una mañana despierta con un extraordinario buen humor, parece que será un día distinto. Fifi limpia su pequeño hogar minuciosamente y bailando al ritmo del gorgoteo de la cafetera; elige un vestido muy lindo, morado y de puntos rosas.

–“No sé por qué, pero siento que hoy tengo que estar preparada, algo pasará”. Se dice la dulce cucarachita al tiempo que elige entre un moño rosa o blanco para adornar su cabeza.

Sale con cautela de debajo del refrigerador, huye lo más pronto posible de la cocina ya que sabe que es un sitio prohibido para ella, ya una vez la vieron y al poco rato unos hombres grandes ya habían invadido todo el espacio y lo rociaron de un líquido que hizo que Fifi perdiera el equilibrio y azotara contra el frío charco debajo del fregadero, refugiándose ahí hasta que Ruth la rescató y la llevó con ella. Una semana entera pasó en casa de su amiga, bueno, si es que a ese cuchitril se le puede llamar casa. Desde ese día Fifi huye lo más pronto que puede de la cocina temprano por la mañana y no vuelve hasta entrada la noche cuando las niñas han terminado de cenar y se apaga la luz del comedor.

Ese día no fue la excepción, tan pronto como terminó de arreglarse, Fifi salió al jardín a tomar su habitual baño de sol de las mañanas. Pero este día no habría de tener nada de habitual. Poco después de haberse instalado en la cima de una roca, nuestra amiga se topa con la presencia de un ser extraño. Parecía no ser de ahí, y sin embargo caminaba por el jardín con completa naturalidad. El extraño se acercó a la pequeña Fifi y le pregunta:

–Señorita, ¿Sabría usted dónde puedo encontrar la verdad?

Desconcertada, la cucaracha le dice que no entiende a qué se refiere.  Era un insecto extraño, nada como lo que ella había conocido o visto en los libros de biología que a veces quedaban a su alcance. Era muy alto y flaco, sus patas eran rectas y delgadas como alfileres, de un color verde brillante el forastero llegaba a confundirse con el pasto crecido del jardín. Pero lo que más le llamaba la atención a Fifi eran un sombrero negro y redondo que el individuo llevaba en la cabeza justo en medio de sus antenas y unos anteojos redondos que hacían ver unos ojos enormes y saltones, como los del sapo que vive en el pantano.

–¡Qué extraño! Pensó Fifi. Los insectos no utilizan vestimenta, creía ser la única. Debo presentárselo a Ruth, que vea que la rara no soy yo.

El insecto se quitó el sombrero en señal de reverencia y pidió una disculpa por su falta de cortesía ante la dama, explicando que viene de paso y que tiene algo de prisa.

–Mi nombre es Sir Wallace y he venido como parte de un reclutamiento de mentes brillantes, pero primero necesito que me digan la verdad, es la única prueba que hay que pasar.

Fifí, consternada ante la única oportunidad en su corta vida de poder comprobar su condición de ser más que una cucaracha se detuvo a pensar un momento. No quería arriesgarse a dar una respuesta equívoca.

Al cabo de unos minutos un impaciente Sir Wallace interrumpe el carrusel de ideas en la mente de la pobre cucaracha que con desesperación intentaba resolver el acertijo de la mejor manera posible para decirle,

–Señorita se nos ha acabo el tiempo y debo marcharme.

Fifí rompe en llanto confesando que aún no llega a la verdad, por primera vez en su vida se le cierran las paredes, su mente no le permite ver algo más allá que su condición de insecto. Y es que a final de cuentas eso es, un repugnante y sucio insecto con delirios de grandeza. Cualquier intento de querer ser otra cosa no es algo más que una patética manera de evadir la realidad.

Desilucionada, Fifí le dice al forastero:

–Sir Wallace no existe la verdad. Toda mi vida creí ser distinta, quise serlo, quise creerlo pero no es así. No hay una verdad puesto que siempre la modificamos según lo que nuestra alma desee atribuirle.

Extendiendo los brazos y con una sonrisa digna de quien se ha ganado el premio gordo de la lotería, pues no es para menos el caso, Sir Wallace se dirige a una Fifí envuelta en lágrimas y se quita nuevamente el sombrero en señal de reverencia. No dice nada, simplemente se acerca lentamente y le toma de una de las patitas cubierta con un fino guante blanco.

viernes, 5 de octubre de 2012

Complicidad



Letras que escriben, que casi hablan. ¿Y si les dibujo una boca? No. Perderían su valor. Cualquiera las podría comprender, se tornarían sencillas, huecas. No me gustan las letras convencionales, comerciales. Mis letras dicen mucho de mí. Desde la suave manera en que las plasmo en papel, con cariño, despacio como si me aterrara despojarme de ellas. Las dibujo con cautela, una-por-una. Con la dedicación que se merecen; uno nunca sabe hasta dónde llegarán, hay que ponerlas bonitas, engalanadas y soberbias a estas letras mías. Cada una es una extensión de mi persona, mi representación en un papel así que hay que elegirlas con cautela (ven ese conjunto ya tuvo su momento) precisión.

Podría parecer que una letra no dice nada por sí misma. Pero ¿Qué tal en grupo? Ah, las palabras nacen de ellas. Palabras que ríen , que platican, cuentan, confían, describen, juegan, engañan y hieren. Una palabra puede tener mil y un implicaciones. Son atributos que les otorgamos y que de manera inconsciente nos remontan a algo que quizás a nadie más le haga sentido, o al menos no el mismo que a ti. Y esto es completamente personal, subjetivo y vinculado a nuestras propias memorias y significaciones; algunas compartidas únicas e irrepetibles.

Mis letras cuentan la historia que aún se escribe, lo que pasa con cada movimiento de las manecillas, con cada hoja que cae y que luego cruje al ser pisada en el jardín. Veo imposible recrear un momento; porque aunque se representen los sucesos y el entorno no hay expresión suficiente para el sentir que pertenece a ese momento. Para eso tengo a las letras que me ayudan a plasmar mi sentir, de manera que permanezca con la ilusión de un día volverlo a vivir, en otro momento.


Septiembre


El suave roce del aire frío sobre mi cara a las nueve de la mañana. Un trago de dulce café caliente que le recuerda a mis labios que en ellos existe vida. Sentir cómo mientras transcurre el día te vas llenando de energía, de palabras, de ideas.

Estás hecha de cinta doble, esa que tanto te gusta, por útil, porque se adueña de todo. A las once de la mañana ya cambiaste. Ya no eres la misma. Voltear a tu reflejo en un cristal y sentirte no sólo linda sino completamente tú. ¡Qué maravillosa esa capacidad nuestra de cambiar, de renovar!

Me gusta cómo me quedan estos pantalones, cómodos y ajustados. No hay que subirlos con cada cambio de postura. El color que elegí para mis uñas es brillante, se ven bonitas y forman parte de esas muy pequeñas cosas que me sacan una sonrisa en esos días en que parece que el mundo está siendo filmado con un filtro gris.

Una fiesta para los sentidos


Semanas queriendo ir, había ido una vez hace varios años y me quedé con el recuerdo de un lugar donde todo es posible y sobre todo, aceptable. Pues volví a ir, esta vez con una perspectiva distinta porque siete semestres de comunicación en el iteso te cambian el modo de percibir el entorno. Llegué en tren ligero, como mi ubicación espacial es pésima pedí direcciones sobre qué camión tomar para llegar a la Av. 16 de Septiembre y me preguntaron que si iba al tiangüis, (¿acaso tengo el perfil de quien ahí va? ¿Hay un perfil?) el consejo fue que mejor caminara. A los quince minutos comienzo a oír los tambores y a ver cualquier tipo de gente caminando por las calles, muchos en dirección contraria a la mía puesto que era ya la una de la tarde.

Llegué y lo primero que percibí fue un olor dulzón como a hot cakes de esos que no son de cajita. Me acerqué y vi que hacían unos panecitos rellenos de nata, chocolate y cajeta, como no había desayunado compré uno y otro paquete para llevar a mi casa a compartir; mi primera compra fue de 20 pesos. Ya envuelta en una atmósfera de barullo mezclado con tranquilidad seguí caminando hacia adentro de los pasillos. Colores llamativos, con el verde, amarillo y rojo sobresalientes. Olía delicioso a incienso mezclado con comida y patchouli. Me acerqué creo que a todos los tipos de puestos, había desde ropa (todos tenían la misma por cierto) hasta artesanías, lugares para tatuarse, perforarse y hacer rastas, trenzas y todo lo bizarro que pudieras imaginar. Pude platicar con varias personas y me di cuenta que el tiangüis cultural es más que nada un espacio en que predomina la diversidad.

Y es que hay de todo. Vi turistas hablando en francés con cara de entusiasmo y asombro al conocer un México que no venía incluido en su guía de turistas, vi niñas “fresas” con una sonrisa encubriendo miedo hacia su integridad (¿o acaso hacia su moral?), también había hippies, indígenas, darks y creo que personajes de cualquier tribu urbana de Guadalajara. Y yo, que no me encuentro clasificación pero que seguro desde fuera si se me podría otorgar.
Compré pulseritas, una que otra blusa, aretes de flores encapsuladas, velas y hasta un libro de Vargas Llosa por 70 pesos. Tuve que irme porque mi dinero se agotó y yo lo quería todo, no sin antes tomar una que otra fotografía del entorno, las comparto así como mi invitación a visitar este pequeñísimo lugar en que coexisten distintos ejemplares de la sociedad tapatía.

Al alejarme regresé a la realidad de una Guadalajara que aunque relajada, sí con un ritmo de vida distinto al de ese espacio. Tomé un camión en Av. La Paz que en tan sólo 20min me dejó a dos cuadras de mi casa. Increíble pensar en como tan sólo unos cuantos pasos pueden cambiar por completo el entorno. Un sábado diferente que me dejó con buen sabor de boca, calor, ganas de bañarme y una gran sonrisa.